Vente a Canadá, Pepe!

Una de las cosas que me llama la atención de Canadá es la fiabilidad de las previsiones del tiempo. Y ojo, que no es que tenga queja de los meteorólogos españoles. Pero es que no estamos hablando de pronosticar que “el tiempo empeorará hacia el fin de semana”, sino de previsiones en plan “el sábado empezará a llover suave a las 11h y se despejará hacia las 15h, pero luego caerá una tormenta a las 17h”. Y aciertan, los tíos. Supongo que tiene que ver con la ausencia de cadenas montañosas al oeste, que es de donde vienen los vientos. Que sí, que al oeste están las Rocosas, pero a más de 3.500 kilómetros, así que si ves venir a lo lejos una borrasca enfilada hacia tí, algo muy raro tiene que pasar para que no te llegue el día y a la hora previstas.

El “Vente pa’ Alemania” de los canadienses

El caso es que hace un par de semanas los pronósticos aseguraban que el domingo llovía sí o sí, así que decidimos dejar de lado por un día nuestra peregrinación en busca de los colores del otoño y visitar el Museo Canadiense de las Civilizaciones, en Ottawa. El museo en sí mismo es una joya que bien merecería una entrada por sí misma, pero lo que me llamó especialmente la atención – quizá por mi reciente condición de exiliado – fue una exposición sobre la historia de la inmigración en Canadá. Supongo que la mayoría de nosotros tenemos una imagen idealizada de Canadá, una especie de El Dorado de los emigrantes donde todo el mundo es bienvenido y puede integrarse sin mayores problemas. Y aunque algo de eso – bastante – hay, no siempre ha sido así, y me pareció interesante ver cómo a lo largo de la historia el país ha ido abriendo y cerrando las puertas según sus intereses, y las diversas estrategias que han usado.

No hay que olvidar que, hasta 1867, Canadá fue una colonia británica. Por lo tanto, antes de esa fecha era Londres quien dictaba las políticas migratorias del país. Teniendo en cuenta las penosas condiciones que había en las Islas durante el siglo XIX – sobre todo tras la gran hambruna en Irlanda entre 1845 y 1849 – al gobierno Británico le venía bastante bien deshacerse de unos cuantos de sus súbditos, ya que así bajaba un poco el paro y se aliviaba la tensión social. El problema es que, de los más de 600.000 inmigrantes que llegaron a Quebec ciudad entre 1830 y 1850 (de los cuales dos tercios eran irlandeses), el 80% acababa pasando a Estados Unidos. De hecho, los pocos que se quedaban eran fundamentalmente los que habían caídos enfermos o se encontraban demasiado débiles para trabajar después de las duras condiciones del viaje en barco, precisamente los que menos aportaban al país y más cuidados requerían. Como véis, el negocio no era del todo interesante para Canadá.

El viaje no era precisamente un crucero de lujo. Fuente: Museo de la isla de Ellis (Nueva York)

Por eso, tras la formación de la Confederación Canadiense en 1867, el nuevo gobierno decidió tomar las riendas en materia de inmigración. Además, Canadá se hizo en 1870 con el inmenso territorio conocido como la Tierra de Rupert, comprándoselo a su dueña de por entonces, que no era ni más ni menos que la Compañía de la Bahía de Hudson, una empresa privada que había hecho fortuna gracias al monopolio en el comercio de pieles. Con esta compra, Canadá doblaba su superficie y se hacía con millones de kilómetros cuadrados de tierras fértiles que esperaban a ser ocupadas. Para hacer las cosas bien y evitar problemas como los que había tenido Estados Unidos, se ordenó que las tierras fueran cartografiadas, divididas y marcadas en fincas de 160 acres cada una antes de ser colonizadas. El resultado de ese proceso fue el marcaje de más de 1,25 millones de fincas. Sólo quedaba esperar a los colonos.

La tierra de Rupert. Sí, todo ese cacho era de una sóla empresa, para que luego digamos de las multinacionales de ahora…

Pero por alguna razón, la cosa no acababa de ir bien del todo, y hasta 1890 seguía saliendo del país más gente de la que entraba. En 1896, el nuevo ministro del interior, el liberal Clifford Sifton, se dio cuenta de que a ese ritmo les iba a llevar más de un siglo colonizar el oeste, y decidió ponerse manos a la obra. El problema, se dijo, era de imagen. Había que conseguir que Canadá resultase atractivo a los ojos del mundo. Vamos, lo que ahora llamaríamos potenciar la “marca” Canadá. ¡Y vaya si lo hizo! Consiguió que le multiplicasen por 4 el presupuesto destinado a publicidad, y emprendió la mayor campaña publicitaria vista hasta la fecha en el mundo. Pero no sólo inundó el mundo de posters y panfletos – los métodos publicitarios más usados en la época – sino que Sifton fue todo un innovador y utilizó todas las técnicas disponibles en la época, adaptando la campaña según el público al que iba dirigido.

Fase 1: abre la muralla

El mayor reclamo de la campaña publicitaria fue la oferta de 160 acres (65 ha) de tierra gratuita a todo varón mayor de 18 años dispuesto a establecerse en ella y trabajarla. En una época de hambre y penurias en Europa, suponía una opción muy a tener en cuenta, y diarios de multitud de países se llenaron de anuncios que se hacían eco de la oferta.

Portada del Daily Mail del 4 de abril de 1904.
Los anuncios y pósters se tradujeron a multitud de lenguas, incluyendo el ucraniano. Fuente

Pero Sifton sabía que sólo con los posters y los anuncios no llegaba a todo el mundo. De hecho, uno de los principales objetivos de su campaña eran los campesinos ingleses y escoceses: sin apenas nada que perder, estaban ya acostumbrados a la vida del campo, por lo que su adaptación podía ser más sencilla. La mayoría eran analfabetos, por lo que para llegar a ellos a Sifton se le ocurrió crear una flotilla de carros publicitarios cargados de productos canadienses: maíz, trigo, fruta, licores… De esta manera captaban la atención de los campesinos, momento que los oficiales canadienses aprovechaban para distribuir panfletos y cantar las excelencias del Nuevo Mundo. Y si alguno se descuidaba, podía irse de allí con un contrato firmado.

A la izquierda, carro del gobierno canadiense en 1905 (Fuente). A la derecha, reconstrucción en el museo

En lugares un poco más “avanzados”, el gobierno canadiense organizaba charlas donde se proyectaban películas coloreadas a mano, todo un prodigio técnico en la época, lo que atraía a muchísima gente. En Estados Unidos, en cambio, montaban espectaculares exhibiciones en cada feria que se organizaba. Las exhibiciones canadienses se hicieron tan populares que en 1910 algunos estados de EEUU llegaron a prohibirlas por miedo a que les robaran población, aunque enseguida tuvieron que dar marcha atrás ante las protestas populares. Otro de los frentes de batalla del ministro del interior fue conseguir hacer volver a aquellos canadienses que se habían establecido en Estados Unidos, y se centraron en los francófonos de Nueva Inglaterra. Sabiendo que la mayor parte de la comunidad francófona era profundamente católica y tradicional, los agentes de inmigración se hacían acompañar por curas y trataban de convencer a sus compatriotas de las ventajas espirituales de críar a los hijos en el campo, frente al vicio, la perversión  y la falta de moral de las ciudades, e incluso les hacían sentir culpables de haber “abandonado” a su patria.

Panfleto para francófonos en el que se dice lo malas malísimas que son las ciudades

 

El famoso Atlas

Pero sin duda la medida de mayor éxito de Sifton fue la edición de un Atlas del oeste de Canadá, de 50 páginas, que incluía cuidados textos y estaba lleno de fotografías y mapas a color. Sifton se encargó de que el Atlas llegara de manera gratuita a todos los colegios de Norteamérica y de Europa, y durante más de 40 años se produjeron decenas y hasta centenares de miles de copias anuales, llegando a traducirse a 12 idiomas, una auténtica animalada para la época. A través de las escuelas y los niños, Sifton consiguió llegar a los padres, que por supuesto era a quien quería llegar. Y les ofreció la imagen de Canadá que quería enseñarles.

Porque Clifton no siempre jugó limpio. De hecho, el Atlas ya ‘se olvidaba’ de mencionar los aspectos menos atractivos de la vida en las praderas. Los textos estaban llenos de términos como “excelso”, “prosperidad”, “inagotable” o “fértil”, mientras que las fotografías mostraban una imagen idílica del oeste canadiense: familias sonrientes posaban frente a su casa de dos pisos bajo un sol radiante, flanqueados por un moderno coche y las últimas máquinas agrícolas. El clima del oeste canadiense se definía como “uno de sus mayores activos”, con un verano “muy favorable para la agricultura” y un invierno “fresco o frío, pero vigorizante y sano”, llegando a afirmar que “muchos de los colonos afirman preferir el invierno del oeste de Canadá que el de sus países de origen”. Di que si, Clifford. Con un par.

Pero la cosa no quedó en sólo unas “inocentes” mentirijillas. En varios países del centro y este de Europa las leyes impedían o regulaban el trabajo de los agentes de inmigración, así que ni corto ni perezoso Clifton firmó un acuerdo secreto (ni el Parlamento canadiense tuvo constancia de él) con la North Atlantic Trading Company (NATC), de forma que autorizaba a ésta a buscar y contratar colonos entre los campesinos del este de Europa, eximiendo de responsabilidad al gobierno candiense si surgia algún problema con las autoridades locales. Los agentes de la NATC centraron sus esfuerzos en Europa del Este, sobre todo en la actual Ucrania, y se estima que hasta 100.000 nuevos colonos pudieron llegar al país a través de esta compañía. Pero como ésta cobraba por cada colono que consiguiera llevar al país, sus métodos fueron mucho más expeditivos que los del gobierno. Numerosos inmigrantes llegaron con la promesa de un terreno listo para cultivar, con casa construida y ganado, y se encontraron con la dura realidad de que el terreno que les asignaban jamás había sido trabajado. De la casa, por supuesto, ni rastro, y el ganado corría por cuenta del recién llegado, si se lo podía permitir. Además, aunque a la mayoría de los colonos se les solía permitir escoger la zona donde querían establecerse, muchos de los que habían sido reclutados por la NATC tenían contratos firmados que les obligaban a establecerse en un lugar determinado, a veces lejos de sus familiares o compatriotas. Aunque hubo alguna protesta y algunos grupos que se negaron a quedarse en el sitio asignado, la mayoría agachó la cabeza y se contentó con lo que les ofrecían. Tampoco tenían otra opción.

Anuncio de la NATC donde el Atlántico aparece mucho más estrecho de lo que realmente es. Terranova, a la misma distancia de Londres que Madrid.

Pero lo cierto es que, más o menos afortunadas, todas estas medidas surtieron efecto, y cientos de miles de inmigrantes se establecieron en Canadá entre finales del siglo XIX y las primeras décadas del XX. Para facilitar la colonización del oeste, el gobierno fomentó la construcción de una línea de ferrocarril que uniera los puertos del este con el Pacífico, atravesando las grandes llanuras. Para la construcción del ferrocarril se autorizó a las empresas a importar mano de obra extranjera, y una buena parte de ella fue de origen chino. A los peones chinos se les encargaban las tareas más peligrosas, como la manipulación de explosivos, y se les pagaba casi la mitad que al resto de trabajadores. Cuando se terminó de construir el tren, muchos de ellos se encontraron sin la posibilidad de volver a su país, por lo que no tuvieron otra que quedarse en Canadá. Parte de esos ciudadanos chinos fue empleada por los empresarios para sustituir a los trabajadores locales cuando éstos se declaraban en huelga, lo que no ayudó a que los chinos gozaran de demasiada simpatía. Entre eso, las importantes diferencias culturales, y el conveniente azuzamiento por parte de determinada prensa y algunos políticos locales, empezaron a aparecer brotes de actitudes racistas, e incluso hubo algunos disturbios en que se apedrearon y quemaron negocios y hogares de Chinatown, sobre todo en la costa oeste. 

Grupo de colonos se dirige hacia el oeste en tren

Fase 2: cierra la muralla

Viendo que la animadversión hacia los chinos crecía, el gobierno empezó a ponerles las cosas más difíciles. En 1886, un chino tenía que pagar 10 dólares para entrar en Canadá. Para 1900, la cifra había subido hasta los 100 dólares, y en 1903 eran ya 500. Pero ni siquiera así consiguieron detener la inmigración china, ya que continuaba habiendo inmigrantes dispuestos a pagar el dinero que fuera. Entonces el gobierno inicio una campaña para desincentivar la inmigración desde Asia. Empezaron a flitrar artículos en los periódicos chinos, indios y japoneses donde se exageraban las malas condiciones climáticas (¿no decían que el invierno era tan beneficioso?) y se aseguraba que apenas había empleo y que los asiáticos corrían peligro en Canadá. Poco después, en 1917, la policía empezó a arrestar a cualquier chino sospechoso de haber entrado ilegalmente en el país, y la vorágine antichina llegó al culmen en 1923, cuando se prohibió por ley la entrada de ciudadanos chinos en el país. Con los japoneses sin embargo no se atrevieron, ya que en aquel momento Japón era toda una potencia militar, así que en este caso optaron por la diplomacia, y un emisario del gobierno logró convencer al Emperador de proner freno a la emigración de sus compatriotas hacia Canadá. Al mismo tiempo que se impedía la asiática, se favoreció fuertemente la inmigración británica mediante la firma de un acuerdo con el gobierno británico por el que este se comprometía a seleccionar, formar y ayudar económicamente a miles de familias británicas dispuestas a cruzar el charco.
 

 

Incluso los artículos más benevolentes con la inmigración contribuían a fomentar los estereotipos

 

Pero con la crisis de 1929, las puertas se cerrarían definitivamente a la inmigración, sobre todo a aquella que se consideraba como “poco deseable”. Entre 1930 y 1935, el gobierno conservador empezó a deportar a numerosos inmigrantes con el pretexto de que suponían una carga para el Estado o de que eran criminales potenciales. Con millones de ciudadanos en situación penosa a causa de la crisis, pedir algún tipo de ayuda social se convirtió en causa de deportación inmediata para todo aquel que no tuviera el permiso de residencia permanente. Y por si esto fuera poco, el gobierno se embarcó en una cruzada anticomunista, expulsando a numerosos militantes o sindicalistas con el pretexto de la carga para el Estado o de la criminalidad potencial. Curiosamente, todas estas medidas fueron vistas en general con buenos ojos por la población, que bastante tenía con lo suyo. Algo similar a lo que parece estar pasando en algunos lugares de Europa hoy en día. Después de la crisis vendría la guerra, y hasta los años 50, cuando volvió a mejorar la situación económica, no volvería a abrirse la muralla para los inmigrantes. Llegó entonces la inmigración moderna, la llamada ‘quinta ola’, con unos 200.000 inmigrantes cada año, originarios de multitud de países, aunque la mayoría de origen asiático. Pero eso es otra historia, y creo que por hoy ya os he soltado bastante rollo, así que creo que podemos dejarlo para otro día.
 

2 Comments

  • Copépodo

    30 octubre, 2013 at 22:11 Responder

    ¡Qué curioso oye! Los canadienses se lo han montado muy bien con eso de la "marca Canadá". Es como la marca USA pero con cierto aire más molón y amigable, por eso sorprende ver "el lado oscuro". Vamos, imagínate que te prometen una granja de la leche y llegas a un páramo a tomar por saco, y tú con una mano delante y otra detrás. Me recuerda a esas invitaciones para escribir artículos que te mandan las revistas: "publica un artículo en nuestra revista molona", a lo que da ganas de responder "no te jode, escríbemelo tú y lo publico encantado".

    Lo de los viajes en barco para hacer las américas tenía que ser espantoso. Estoy leyendo la biografía de otro europeo expatriado y lo recordó toda su vida como la peor experiencia por la que pasó.

  • Multivac42

    31 octubre, 2013 at 03:36 Responder

    Pues la verdad es que sí, es sorprendente la imagen "friendly" de Canadá, y eso que han llegado a hacer cada barrabasada… En temas de medio ambiente, por ejemplo, estoy seguro que una gran mayoría lo vería como paradigma del respeto a la naturaleza, y lamentablemente los hechos lo desmienten: el norte está llenito de proyectos mineros a lo bestia; en Alberta el petróleo se extrae de las arenas bituminosas, con un enorme impacto ambiental; el fracking es la norma más que la excepción; sigue habiendo gestión forestal de dudosa sostenibilidad y además ostenta el dudoso honor de ser el único país en salirse del protocolo de Kyoto. Y hace poco descubrí por qué la electricidad es tan barata en Quebec: resulta que en el norte, junto a la Bahía James, hay unos macroembalses para generación hidroeléctrica que riéte tú de los de Franco. Lo que pasa es que la naturaleza es tan apabullante que sigue siendo su principal atractivo, por mucho que se empeñen en explotarla. Vamos, que hay tanto que no se lo acaban ni entre todos.

    Sí, lo de los viajes en barco era la leche. He leído que los Gobiernos tuvieron que tomar medidas y obligar a las empresas a cumplir unas mínimas condiciones porque la gente les llegaba medio muerta, con enfermedades infecciosas, desnutrición…

Deja un comentario