Bosques singulares: el palmar de cera de Cocora (Colombia)

De pie, en la parte trasera de un abarrotado jeep que lleva más turistas de los que el sentido común recomienda, voy observando el paisaje del valle de Salento, salpicado de potreros y manchas de bosque, mientras serpenteamos por una carretera asfaltada sólo a tramos. De repente, cuando el coche toma la última curva, se abre ante nosotros un espectáculo único, un paisaje que casi parece artificial. Estamos a casi 3.000 metros de altitud, en pleno piso frío de la región andina, y sin embargo lo que domina el paisaje no es el el cedro de montaña ni el roble andino. Ante mis ojos, cientos de esbeltas y altísimas palmeras salpican el  valle. Algunas crecen aisladas, alineadas en mitad de un terreno de pastoreo. Otras sobresalen del bosque, elevándose decenas de metros por encima del dosel. Hemos llegado al palmar de Cocora, uno de los últimos refugios de Ceroxylon quindiuense, la palma de cera del Quindío.

Valle de Cocora
Un paisaje único. Foto: nuria.mpascual
Pero no sólo el paisaje es llamativo, sino que esta palma presenta numerosas peculiaridades que la hacen única: para empezar, la palma de cera del Quindío supera los 40 metros con relativa facilidad, y puede llegar a alcanzar los 50 e incluso 60 metros, lo que es un récord absoluto no sólo entre las palmeras, sino que la convierten en la monocotiledónea más alta del mundo. Además, mientras la mayor parte de las palmeras crecen en zonas bajas o al pie de las montañas, varias especies del género Ceroxylon, endémicas de los andes tropicalescrecen a gran altitud, en los valles del interior; y una de las que puede crecer a más altitud es C. quindiuense, que llega hasta los 3.200 metros.

La corteza de la palma de cera. Fuente

Aunque numerosas fuentes atribuyen al naturalista alemán Alexander von Humboldt el descubrimiento de esta especie, parece que la primera referencia escrita de su existencia data de 1785 y se debe a José Celestino Mutis, botánico español que a los no aficionados les sonará por aparecer en los antiguos billetes de 2.000 pesetas. Sin embargo, la descripción oficial de la especie no llegó hasta 1808, después de que von Humboldt la redescubriera en 1801. Se la englobó en el género Ceroxylon, que significa “madera de cera” y es que, como la mayor parte de palmas de este género, la corteza de nuestra palma aparece cubierta de una cera blanquecina, aunque surcada por las líneas negras de la cicatriz que dejan las hojas al caer.

Extracción de la cera mediante
raspado. Grabado de Taylor. Fuente

Esta cera que da nombre a la especie se ha utilizado durante siglos para fabricar velas, mezclada con sebo. Y aunque a veces se extraía la cera escalando a los árboles, como en la ilustración de más abajo, lo más habitual era cortarlas y rascar la cera después, con la palmera cómodamente en el suelo. Además, las hojas de las palmeras jóvenes, que forman una especie de cogollo o roseta sin tronco definido han sido utilizadas para las procesiones del domingo de Ramos hasta hace tan solo unos años, cuando sucesivas campañas y la protección estricta de la especie consiguieron acabar con tan “sana” costumbre. Todas estas prácticas llegaron a poner en serio peligro a la palma de cera del Quindío, hasta el punto que se decidió no solo protegerla – según nos dijeron cortar un ejemplar puede acarrear hasta 5 años de cárcel – sino que incluso en 1985 fue declarada símbolo nacional de Colombia.

Aunque la palma de cera no es exclusiva del valle de Cocora, sino que también crece en otros lugares de las 3 cordilleras colombianas, es allí, en el municipio de Salento, donde se encuentran algunas de las palmas más altas del mundo. En su día, los naturalistas europeos se admiraron del “bosque sobre el bosque” que conformaban las palmas, cuyas copas se elevaban hasta 40 metros por encima del dosel. El botánico escocés William Purdie describía la palma en estos términos:

“El altivo, noble tronco de este árbol está cubierto con una capa de cera resinosa, la cual le da una apariencia blanquecina de mármol, proporcionando un animado rasgo distintivo al escenario tan peculiar del páramo del Quindío, donde la palma abunda en grado extraordinario sin causar ningún daño al bosque subordinado bajo su grata sombra”.

La situación es hoy muy distinta. Durante años, la conversión del bosque original en potreros – zonas de pastoreo para el ganado –  unido al hecho de respetar las palmas (al principio para aprovecharlas como material de construcción, posteriormente porque estaban protegidas) ha creado este paisaje tan único y que tan atractivo resulta ahora, donde las palmas crecen aisladas y se puede apreciar su espectacular tamaño. Y es eso lo que ha convertido a este valle en destino turístico de primer orden en Colombia.

Valle de Cocora

Pero este paisaje puede tener los días contados. Durante el viaje, picado por la curiosidad, estuve buscando profusamente una plántula de palma por toda la zona, y no fui capaz de encontrar ni una. Ya a la vuelta, una rápida búsqueda bibliográfica me confirmó mis sospechas: si hoy en día las palmas resisten en los potreros es por su elevada longevidad, porque en realidad no consigue regenerarse en esas condiciones. Primero, porque necesita cierta sombra para prosperar, y segundo porque apenas nace una plantita, el ganado se la come o la pisa.

Valle de Cocora
Un paisaje impresionante, pero ni una sola palmerita. Destinado a desaparecer? Foto: nuria.mpascual

Según un estudio de la Universidad Nacional de Colombia, alrededor del 20% de las palmas que crecen en los potreros de Cocora han desaparecido entre 1988 y 2012. Pero no por talas ilegales, plagas o ningún otro factor externo, simplemente porque son individuos adultos, viejos, de más de 40 metros de altura y que llegan a la senescencia. Como no regeneran, en la actualidad más de las mitad de los individuos están en las fases finales de su ciclo de vida (que se estima en unos 150 años), y los autores del estudio han estimado que la gran mayoría de las palmas habrán muerto de viejas para mediados de este siglo, y que las palmas de más de 30 metros de altura serán escasas.

 Una parcela de Ceroxylon quindiuense en el valle de Cocora, en 1988 (arriba) y en diciembre de 2012 (abajo). Los círculos marcan las palmas que murieron. Extraído de Bernal & Sanín (2013), reproducido con permiso explícito de R. Bernal y M.J. Sanín (Universidad Nacional de Colombia)

La desaparición de la palma de cera podría además afectar a muchas otras especies que dependen de ella, en especial al loro orejiamarillo (Ognorhynchus icterotis), a punto de desaparecer y que depende en exclusiva de los frutos rojos de la palma para su subsistencia. Por eso, diversas voces están reclamando que se establezca un santuario de la palma de cera en la parte alta del valle, reconociendo a la palma como especie paraguas (aquellas especies cuya conservación protege a un gran numero de organismos que dependen de ella). De esta manera se protegerían las manchas de bosque nativo, donde la palma se regenera sin mayores problemas, creciendo primero bajo la cubierta arbórea y superándola luego cuando empieza a crecer en altura.

Las sucesivas etapas en el ciclo vital de C. quindiuense. Fijaos en que hasta los 57
años no empieza a desarrollar un tronco propiamente dicho, y en el tamaño de la palma adulta.
Fuente: Sanín et al. (2013), reproducido con permiso de los autores
Los frutos rojos por los que el loro orejiamarillo pierde la cabeza

Pero esta estrategia solo funcionará si se mantienen los ingresos del incipiente turismo que se está desarrollando en la zona, que son los que frenan la conversión de bosque en nuevos potreros. Si el turista va hasta Cocora es para ver las palmas, para poder pasearse entre ellas y admirar su tamaño. Y aunque resulta paradójico, eso sólo puede hacerlo en las palmas que están en los potreros. Si se quiere que los visitantes puedan seguir llegando hasta el pie de las palmeras más altas del mundo, sería necesario replantearse una estrategia de regeneración, estableciendo viveros que produzcan plantas, plantándolas en los potreros y protegiéndolas del ganado durante los primeros años, de manera que el relevo de las palmas se asegure a medio plazo.Y si tenemos en cuenta lo que les cuesta a las palmas crecer hasta desarrollar ese esbelto tronco, mejor comenzar más pronto que tarde.

Valle de Cocora
 Indicando el lugar donde habría que plantar los juveniles. Foto: nuria.mpascual

En definitiva, un hermoso ejemplo de la complejidad que presenta la gestión del medio natural, donde a veces no basta con proteger la especie y prevenir la perdida del hábitat, sino que es necesario ser mas proactivo para conservar un ecosistema. Sólo así podremos proteger una de las palmeras más peculiares y hermosas del mundo.

Valle de Cocora
Aquí, dentro del bosque, la palma se regenera ella solita. Foto: nuria.mpascual

NOTA 1: quiero agradecer al profesor R. Bernal y M. J. Sanín, de la U. Nacional de Colombia, por la amabilidad de concederme el permiso para usar las imágenes de sus artículos.

NOTA 2: con esta entrada inauguro una nueva sección, en la que pretendo mostraros algunos de los bosques que haya visitado y que más me han llamado la atención (por su carácter único, por su vulnerabilidad, por las especies que lo componen o por cualquier otra razón). Espero que os guste.
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REFERENCIAS

ResearchBlogging.orgSanín MJ, Anthelme F, Pintaud JC, Galeano G, & Bernal R (2013). Juvenile resilience and adult longevity explain residual populations of the Andean wax palm Ceroxylon quindiuense after deforestation. PLoS One, 8 (10) PMID: 24194823

ResearchBlogging.orgBernal, R, & Sanín, M.J. (2013). Los palmares de Ceroxylon quindiuense (Arecaceae) en el valle de Cocora, Quindío: Perspectivas de un icono escénico de Colombia Colombia Forestal, 16 (1), 67-79. Enlace

7 Comments

  • Copépodo

    7 julio, 2014 at 21:58 Responder

    ¡Qué palmera tan fascinante! No había oído antes nada sobre esta especie, (descubierta por tan insignes botánicos) y su particularísimo hábitat. ¡Un palmar a 3000 metros de altitud! ¡Acojonante! De verdad que me ha encantado el post, y esas fotacos tan espectaculares. MUY interesante tanto sus usos e historia como mal pinta su futuro. ¡Estas son las vacaciones que me gustan, las que cuando vuelves nos sirven también a los demás para evadirnos y conocer paisajes tan únicos!

    ¡Queremos más!

  • Anónimo

    7 julio, 2014 at 23:58 Responder

    ¿no te salió un guerrillero de las farc por ahí?

    saludos y buenas y bonitas fotos

  • Multivac42

    8 julio, 2014 at 00:13 Responder

    Eso si que no me lo esperaba: hablar de una especie que el gran Copepodo no conoce!! Donde recojo mi premio??? 🙂
    Supongo que al menos el género si que te sonaba, no? Hay varias especies de Ceroxylon, la mayoría crecen en esta zona y a más de 2000 m. E incluso alguna está más amenazada que la del Quindío, que ha sido descubierta hace relativamente poco en un valle de Perú (para desgracia de algunos colombianos, que preferirían seguir diciendo que es endémica ;-))

    Me llamó la atención que, para la mayoría de viajeros, este era un paisaje precioso, remoto, y por tanto, natural, mientras que a mi, quiza por deformacion profesional (siempre viéndole el aspecto práctico y la huella del hombre por todas partes), enseguida me saltó la alarma de: "si, muy bonito, pero… y como regenera??"

    En cualquier caso, es una palmera verdaderamente impresionante, y el paisaje que forma es brutal. Me alegro de que te haya gustado!

  • Copépodo

    10 julio, 2014 at 00:13 Responder

    Qué eficaz es mi bloj para el postureo biológico, te hago creer que sé demasiado. No, no conocía esta palmera ni al género Ceroxylon. Como dice un colega: mi ignorancia es enciclopédica y abarca todas las ramas del saber.

    Esto que comentas de la percepción de espacios naturales es muy cierto. Lo que para muchos parece prístno en realidad está muy tocado, y otras veces donde otros ven sólo un erial, el botánico reconoce una comunidad única. Ley de vida, deformación profesional. Me acuerdo viendo la serie "Lost", (a la que me vicié mucho durante un tiempo), donde querían simular una isla cuasideshabitada yo no paraba de ver pastos de siega.

  • El Observador

    13 julio, 2014 at 13:19 Responder

    Muy interesante! Recuerda mayormente al caso de la dehesa ¿no? un sistema (agro?) silvo-pastoral muy estético, muy único, muy tradicional, con todos los servicios ambientales que le quieras echar…pero con un incierto futuro si no se hace algo para fomentar su persistencia (regeneración…). Gracias por compartir esas miradas!

  • Multivac42

    15 julio, 2014 at 04:55 Responder

    Cope, si se entera JJ Abrams le da un soponcio, tanto guión para que al final tu atención se centre en los prados de siega!

    Observador: recuerda a la dehesa en el futuro incierto, pero en realidad este ecosistema no tiene la multifuncionalidad ni el componente tradicional de la dehesa. Digamos que la dehesa se hizo 'queriendo' mientras que esto no deja de ser casi un 'accidente': un bosque que se ha talado pero en el que se han mantenido unas cuantas palmeras que empiezan a estar ya mayores. Nadie buscaba esto, se han encontrado con que al turista le gusta. Pero vamos, que tienes razón, ambos son sistemas que no se automantienen. Abrazos!

  • Fernando Franco

    3 febrero, 2015 at 12:08 Responder

    para los que les pueda interesar tenemos bosques en el eje cafetero declarado patrimonio universal de la humanidad,BOSQUES PARA LA PAZ Y LA PROSPERIDAD. INF: agribiorganica@gmail.com

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