Feederwatch: espiando a las aves

No hay duda de que el otoño en el nordeste americano es espectacular. Durante unas pocas semanas de octubre se pueden ver paisajes de esos que de pequeño sólo veíamos en las cajas de los puzzles: lagos salpicados de bosques multicolores, con abedules de color amarillo limón, arces de todos los tonos de naranja y rojo, hayas doradas… Sin embargo, hacia finales de otoño, ya hay más hojas en el suelo que en las ramas, y uno empieza a darse cuenta de que el invierno está al caer. Para colmo, hay que ver como los animales, uno tras otro, empiezan a marcharse hacia el sur a pasar el invierno. Incluso juraría que un día vi a un grupo de gansos que mientras se iba gritaba ¡Ahí os quedais! ¡Pringaos!

Un paisaje cualquiera de Quebec, en otoño (PN Mont-Tremblant). Foto: Nuria M. Pascual
Pero como en Asterix, no todos los animales sucumben al invierno. Unos cuantos irreductibles se quedan, y adoptan variadas estrategias para sobrevivir a un invierno que – ya os lo digo yo – es muy duro. Especies como el oso o las tortugas – sí, las tortugas – entran en hibernación y se pasan el invierno en letargo, mientras que otras, como las ardillas o numerosas aves simplemente reducen su metabolismo y pasan el invierno entre las reservas que han acumulado los meses anteriores y los pocos alimentos que puedan conseguir durante los días menos crudos de invierno. Por eso, para estos animales, un comedero lleno de semillas ricas en grasas es como maná caído del cielo.
Precisamente eso, el impacto de los comederos sobre las aves durante el invierno, es lo que estudia el proyecto Feederwatch, coordinado por el Laboratorio de Ornitología de la Universidad de Cornell, probablemente el más conocido y prestigioso del mundo. Feederwatch es un gran ejemplo de cooperación entre científicos y aficionados, aprovechando la enorme tradición de observación de aves en norteamérica. No dejéis de echar un vistazo a la web del proyecto, para mi un ejemplo de lo que debe ser una web que pretenda animar a la gente a participar. Cualquier persona puede inscribirse y aportar sus observaciones, bien sea instalando un comedero en su casa (se estima que hasta el 40% de los hogares estadounidenses lo tienen) o acudiendo a hacer observaciones a los que hay en parques públicos.

En invierno, un comedero como este, lleno de pipas de girasol, es una bendición para las aves. En la imagen, Haemorhous mexicanus, un recién llegado a la costa este
Animados a hacernos pajareros, este otoño nos hicimos con un comedero para ponerlo en la terraza. Pero nuestros primeros pinitos no fueron muy exitosos. Primero, una tormenta empapó las semillas e hizo que germinaran todas dentro del comedero. Y después, una panda de gorriones matones descubrió el comedero e hizo de él su coto privado, acabándoselo en menos de 2 días. Así que aprovechando algunos días soleados de invierno, hemos tirado de comederos ya instalados. Lógicamente, al estar en una ciudad, uno no puede esperar encontrarse grandes sorpresas, y dudo mucho que cualquier ornitólogo mínimamente aficionado pudiera hacer ningún bimbo (curioso este término, que todos los ‘pajareros’ utilizan pero del cual pocos conocen el origen). Pero para un novato como yo, ir a los comederos es una ocasión perfecta para ver de cerca algunos pajarillos interesantes.

Una cosa que llama la atención de los comederos son los mecanismos ‘anti-ardillas’. Aunque a nosotros nos parezcan simpáticos animalitos, aquí ven a las ardillas casi como ratas con cola peluda, y se cuidan muy mucho de que no puedan acceder a los comederos. Pero si algo son las ardillas es listas y tenaces, y son capaces de superar casi cualquier obstáculo. Así que proteger los comederos implica instalar bandas resbaladizas en la base de los postes, tejadillos sobre el comedero para que no puedan llegar saltando… aun así, es raro el comedero en el que no hay un buen grupo de ardillas comiendo los restos que caen al suelo. Y es que en invierno no hay que dejar pasar ninguna posibilidad de comer un poco.

Uno de los comederos,y detalle de las ardillas rapiñando los restos

Pero volviendo a las aves, las que más frecuentan los comederos son especies que podríamos llamar ‘sociables’, en el sentido de que están acostumbrados a los humanos. En general son especies, no demasiado llamativas como carboneros (Poecile atricapillus) o trepadores (Sitta carolinensis). Como decía, nos son muy espectaculares, pero están tan acostumbrados a los comederos y las personas que no es raro que, con un poco de paciencia, incluso vengan a comerte de la mano. El impacto de los comederos sobre estas aves se conoce bastante bien, y es en general positivo, sobre todo en los inviernos más fríos. La tasa de supervivencia de los carboneros con acceso a un comedero es casi el doble, y además se ha observado, para esta y otras especies, que los que van al comedero pesan más de media, ponen más huevos y más grandes y hacen la puesta antes que los que no tienen esa fuente extra de alimento.

El carbonero de capucha negra, probablemente el ave más común en esta zona. Foto: Nuria M. Pascual
Un descarado trepador pechiblanco, que se permitía elegir el tipo de semilla que más le apetecía.

Pero hay algunos otros estudios que han observado un efecto contrario. En el Reino Unido, un grupo de investigación ha visto que los carboneros europeos (del género Parus, diferente al Poecile de los americanos) que se alimentaban en comederos ponían menos huevos y tenían menos crías que sus congéneres. De momento son sólo 2 estudios frente a otros muchos que han mostrado efectos positivos, así que hay coger los resultados con cierta cautela. Además, los mecanismos que podrían provocar este efecto negativo aún no están claros. Los autores apuntan a dos posibles explicaciones. En primer lugar, podría ser que el hecho de instalar los comederos elimine una cierta selección natural, permitiendo reproducirse a individuos que antes no lo habrían hecho, por lo que bajaría la media reproductiva. También sugieren que una excesiva dependencia de las semillas – muy grasas – podría estar desequilibrando la dieta de los carboneros. Hará falta seguir investigando para saber porqué los comederos sientan tan mal a los carboneros ingleses, si es que los resultados se confirman.

El cardenal (Cardinalis cardinalis), cuyo plumaje rojo y su cresta resaltan sobre la nieve. Foto: Nuria M. Pascual
La hembra del cardenal (Cardinalis cardinalis), de plumaje menos vistoso pero igualmente bonita. 
Pero como os decía, y al margen del efecto sobre las aves, visitar los comederos de los parques permite ver algunas aves más que interesantes. Otro de los más comunes es el emblemático cardenal (Cardinalis cardinalis), cuyo plumaje rojo chillón resalta muchísimo sobre la nieve. Además, muchos de los parques de Montreal son bastante boscosos, y en los más grandes como Mont-Royal se pueden ver aves que no dependen tanto de los comederos y son más propias de ambientes nemorales, como los picapinos. Aunque uno no esperaría que estas aves se alimentaran de los comederos, la verdad es que suelen rondarlos, y alguna semilla cae de vez en cuando, si bien es cierto que no con la frecuencia de cardenales o carboneros.
En una de nuestras visitas a Mont-Royal, por ejemplo, pudimos ver muy de cerca un impresionante pito crestado (Dryocopus pileatus), el picapinos más grande de Norteamérica, con su característica cresta roja. Esta es un ave que se alimenta sobre todo de hormigas y larvas, y pudimos verle en acción, ensañandose con la madera de un árbol muerto. Sin embargo, los más habituales son el pico pubescente (Picoides pubescens), el menor de Norteamérica, o el pico velloso (Picoides villosus), de plumaje prácticamente idéntico pero de mayor tamaño y pico más largo.

Un pico velloso. Aunque su alimento principal son los insectos, no hace ascos a una buena semilla. Foto: Nuria M. Pascual
Pito crestado, buscando insectos bajo la corteza. Foto: Nuria M. Pascual

Nota freakie: en el parque Mont-Royal se ha popularizado tanto como lugar de observación de aves que hay hasta un poco de merchandising sobre el tema. ¡Mirad el regalito que nos cayó la última vez que fuimos! 😉

 

4 Comments

  • copepodo

    30 enero, 2015 at 12:54 Responder

    Me ha gustado esta entrada. Es muy satisfactorio lo de empezar a conocerse las aves de tu destino adoptivo. Son a la vez familiares (por estar en el mismo reino faunístico) y exóticas (porque las especies son totalmente distintas). Las fotos de Nuria son estupendas, por cierto.

    También son muy populares los comederos por aquí abajo, y nosotros hemos instalado uno en casa (echamos de menos a nuestros colibríes, así que hemos abierto la veda a todo plumífero que se deje caer). Ayer mismo se dejaron caer unos "Carolina wrens" (Thryothorus ludovicianus) que nunca antes había visto en comedero. Las especies que vemos aquí parecen más o menos las mismas que las vuestras (de hecho creo que recuerdo el mismo grupo de gansos pasando a velocidad supersónica aún carcajeándose) aunque aún no he "bimbado" al pito crestado (qué bueno lo de los bimbos, por cierto). Los cardenales con fondo nevado son sin duda uno de los regalos visuales más estupendos del continente.

    No sé si te pasa a ti también que luego esto te sirve para apreciar la fauna ibérica más aún. La última vez que estuve en España me emocionó ver la primera urraca, tan familiar y a la vez tan extraña.

  • Multivac42

    30 enero, 2015 at 17:46 Responder

    Pues es curioso lo que comentas de la fauna ibérica, pero al principio me pasó al revés. Es que uno ve un lobo o un zorro de aquí, tan lustrosos, con ese porte, esa estampa… y claro, es que la fauna mediterránea es más pardo-chaparra. Pero sí que ocurre que ves con otros ojos a los animales a los que nunca les has hecho caso. El ejemplo claro es la cigüeña, que si no estuviéramos acostumbrados a ella sería una ave super-exótica.

    Oye, ¿y como hacéis para que los comederos no los monopolicen los gorriones? No se, igual estamos en zona demasiado urbana, pero es que vienen de 15 en 15 y no hay manera de que se acerque nada más…

  • copepodo

    2 febrero, 2015 at 15:20 Responder

    Sí, muy pardo-chaparra pero muy singular también, no sé cómo explicarlo.

    Sobre los gorriones: muy sencillo porque aquí no tenemos. El gorrión europeo (según la guía de campo) se introdujo en Nueva York a mediados del XIX y se extendió por todo el continente, pero imagino que debe ser cosa de ciudades. Lo que me temo que va a dar mucho la lata es lo que llaman "American Robin", pero que viene a ser un zorzal, y que creo que son un poco matones cuando llegan a un comedero, pero en invierno por aquí no se les ve.

  • Multivac42

    9 febrero, 2015 at 03:19 Responder

    No, si no pongo en duda las particularidades de la fauna mediterránea. Pero como decía Serrat, "no hay nada más bello que lo que nunca he tenido", y al llegar deslumbra la abundancia de fauna y todo parece más bonico. Claro que ver mapaches o marmotas en plena ciudad en España no pasa. Pero luego te acostumbras, y lo ves de forma más objetiva. Lo de los gorriones es una suerte, aquí está lleno, y además la vecina les echa migas en el balcón, como para atraer nada más!! :_(

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